Danzas peruanas

Hay experiencias sencillas que nos obligan a mirar aquello que creíamos conocer desde otra perspectiva.

Durante mi experiencia como voluntaria en el programa YAVS, tuve la oportunidad de participar en una actividad dedicada a conocer y acercarnos a nuestras danzas. Bailamos, compartimos y celebramos nuestros colores, nuestra música y nuestra diversidad. Y, como peruana, sentí orgullo. De ver nuestras danzas de la selva, de la costa, de la sierra y también de la ciudad de los señores (Lima)

Pero también surgió en mí una pregunta:

¿Por qué muchas veces nos sentimos orgullosos de nuestros pueblos cuando los vemos bailar, pero no cuando los vemos luchar por sus derechos?


Hoy muchas de nuestras danzas recorren escenarios, festividades y países. Son admiradas por sus vestimentas, sus melodías y sus coreografías. Nuestra juventud las baila con entusiasmo y existen numerosos elencos dedicados a mantenerlas y presentarlas.

Pero ¿cuántos conocen realmente la historia que existe detrás de cada danza?

A veces aprendemos los pasos, pero no aprendemos la memoria. Conocemos la vestimenta, pero no la historia de quienes la llevan. Bailamos una cultura que admiramos y, paradójicamente, podemos terminar discriminando a los mismos pueblos de los que esa cultura proviene.

¿De qué sirve bailar una danza andina si despreciamos al campesino, al quechua, al aimara o a la persona que lleva orgullosamente sus raíces?

Esta contradicción debería interpelarnos.

Nuestras danzas no son solamente una hermosa vestimenta, una melodía o una coreografía para un escenario. Son memoria de nuestros pueblos, historia de nuestros antepasados, identidad y resistencia.

Por eso no cuestiono que nuestra cultura sea conocida y admirada en el mundo. Al contrario, debemos compartirla con orgullo. Lo que debemos evitar es convertirla únicamente en espectáculo o mercancía, mientras olvidamos la realidad de quienes la mantienen viva.

Desde mi experiencia en la defensa de los derechos humanos, he aprendido que la memoria también implica responsabilidad. No podemos celebrar la cultura de un pueblo y permanecer indiferentes cuando ese mismo pueblo es discriminado, silenciado, abandonado o atropellado en sus derechos.

Quizás necesitamos enseñar a nuestras nuevas generaciones no solamente a bailar nuestras danzas, sino también a conocerlas, comprenderlas y respetar a los pueblos que las crearon y las mantienen vivas.


Porque una cultura verdaderamente viva no está solamente sobre un escenario.

Está en sus comunidades, en sus territorios, en sus lenguas, en sus familias y en la memoria de sus mayores.

Y si realmente estamos orgullosos de nuestras raíces, hagamos que ese orgullo vaya más allá de los aplausos.

Que no solamente bailemos la cultura de nuestros pueblos.
Que también conozcamos su historia.
Que respetemos su identidad.
Y que levantemos la voz cuando sus derechos sean vulnerados.

Porque nuestras danzas no son solamente espectáculo.

 

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