GRATITUD 


Han sido dos años de voluntariado como YAV que no se borran, que se quedan en la piel y en la conciencia. No ha sido un camino fácil, pero sí profundamente transformador. He vivido experiencias que me marcaron, que me empujaron a crecer, a cuestionarme y a reafirmar por qué elegí estar aquí: servir, aprender y no ser indiferente.


Pero esta historia no empezó de la nada. La primera vez que conocí al profesor Efraín fue en un momento de lucha y necesidad. Cuando los familiares viajamos a Lima, encontramos algo que no se olvida: alojamiento, acompañamiento y solidaridad real por parte de su colectivo Evangélicos Presentes. No fue solo apoyo, fue un acto de humanidad en medio del dolor. Desde ahí nació la oportunidad. Desde ahí se abrió un camino.


Fue entonces que decidí postular al programa YAV. Llegaron las entrevistas con el equipo de la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos, un proceso que asumí con responsabilidad y esperanza. Fui aceptada, pero ese fue solo el inicio del primer gran reto: viajar a Lima sola por primera vez, lejos de casa, con el corazón cargado de miedo, pero también con una convicción firme: seguir la lucha por justicia y abrirme a una nueva experiencia de vida.


Ser voluntaria no es solo dar tiempo; es poner el cuerpo, la mente y el corazón en cada espacio, en cada comunidad, en cada rostro que te enseña algo. En estos dos años enfrenté retos que me sacaron de mi zona de comodidad, que me exigieron ser más fuerte, más consciente y más humana. No romantizo el camino: hubo cansancio, dudas y momentos duros. Pero también hubo dignidad, aprendizaje colectivo y encuentros que sostienen.


No puedo dejar de agradecer a quienes me guiaron y sostuvieron en los momentos más difíciles. Al profesor Efraín, por su guía y compromiso constante; a Jes, por sus consejos firmes; a Jenny, por cada palabra de aliento, por su apoyo y por ese cariño de madre que siempre demostró, incluso desde su rol de coordinadora. Con ella entendí que no basta con cumplir, gracias a ellos por la complicidad, el apoyo y las luchas compartidas. Y a todas las personas que conocí en este proceso, gracias, porque cada una dejó una huella que hoy forma parte de lo que soy.


Hay experiencias que resumen lo que significa este camino. Recorrer el Pasamayito, desde San Juan de Lurigancho hasta Collique en Comas, no fue solo un trayecto físico. Fue una lección directa de resistencia. Fue mirar de frente desigualdades que muchos prefieren ignorar. Fue entender que no hay transformación sin incomodidad, que no hay cambio sin decisión y que la realidad no se esquiva: se enfrenta.


Hoy cierro esta etapa con la frente en alto. No me voy igual. Me voy más consciente, más firme y más comprometida. Porque el voluntariado no termina aquí: se queda en la forma en la que miro el mundo, en cómo actúo frente a la injusticia y en la decisión de no callar nunca más.


Me voy profundamente agradecida de haber sido elegida entre tantas y tantos voluntarios. Decir “sí” fue también abrir un camino que muchas veces da miedo, pero que es necesario para avanzar.


Con cariño,

Milagros Samillan

Hija puneña que seguirá en la lucha por una justicia para todas y todos

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