EN LOS ZAPATOS DEL OTRO


(Lucas 10:25–37), no basta con ver el dolor del otro: es necesario detenerse y actuar. Mientras algunos pasan de largo ante el sufrimiento, el samaritano se acerca, se compadece y se hace responsable. Hoy, ese llamado sigue vigente: no ser indiferentes frente al dolor, especialmente de quienes siguen esperando justicia. Porque amar al prójimo es, sobre todo, no ignorarlo.

Hoy quiero dedicar este escrito a la mujer que me dio la vida y me enseñó que, en esta vida, de lo único que debemos tener vergüenza es de robar y ser codiciosos.

Mi mamá proviene de una familia con recursos económicos y sociales limitados. No tuvo la oportunidad de estudiar lo que realmente deseaba; apenas pudo culminar la primaria. Desde muy joven asumió la responsabilidad de cuidar y apoyar a su madre, quien se dedicaba al comercio. Ese oficio se convirtió en un legado que nos dejó a todos sus hijos: no solo el valor de formarnos como profesionales, sino también la capacidad de sobrevivir dignamente en un Estado lleno de carencias, exclusión y falta de oportunidades.

Gracias a mi mamá, pude conocer muchos lugares de mi región. Tengo innumerables experiencias junto a ella, pero hay una que guardo profundamente: haber dormido en la calle junto a otras personas. Esa vivencia me enseñó a valorar las pequeñas cosas de la vida y a entender que hay personas que, sin compartir nuestra sangre, se convierten en familia.

Ese aprendizaje ha cobrado aún más sentido desde que llegué a la capital para formar parte del programa YAVS. Como provinciana, me costó adaptarme a muchas cosas: ver de cerca la pobreza, la inseguridad, el tráfico y ese calor sofocante que solo te hace querer llegar a casa y descansar. Sin embargo, en medio de todo ello, comprendí algo importante: pocas veces nos detenemos a pensar en el otro.

Pensamos poco en el transportista que empieza su jornada desde muy temprano, en el universitario que lucha por llegar a clases, o en el comerciante que trabaja día a día para llevar el pan a su hogar. Pienso también en un señor en particular, quien cada mañana pasa por donde vivo vendiendo pan, cargando dos sacos sobre su espalda. Para él, el día comienza cuando muchos aún seguimos durmiendo.

Todo esto me lleva a reflexionar que no todos tenemos las mismas oportunidades ni los mismos privilegios para afrontar la realidad. Por eso, hoy quiero invitar a quien lea estas palabras a que se tome un minuto para pensar en el otro, para ponerse en su lugar, aunque sea por un instante. Tal vez así logremos entendernos mejor, escucharnos más y construir empatía en el silencio, donde no hace falta gritar.

A veces, basta con detenerse y observar al prójimo, a ese hermano que también es peruano, aunque las clases sociales se empeñen en separarnos y abrir brechas entre nosotros.

Pero también es necesario mirar más allá de lo cotidiano y reconocer un dolor más profundo: el de aquellas familias que seguimos esperando justicia. Familias que cargan con la ausencia, con la memoria y con la esperanza de que algún día el Estado responda. Sin embargo, lo que muchas veces encontramos es la indiferencia de un gobierno que no escucha, y de un sector de la población que prefiere ignorar al empobrecido, al que sufre, al que exige.

Ponerse en los zapatos del otro también implica reconocer estas heridas abiertas. Implica no ser indiferentes frente al dolor ajeno, no normalizar la injusticia ni el olvido. Porque mientras haya familias esperando justicia, como país no podemos hablar de verdadera igualdad ni de reconciliación.

Tal vez el cambio empiece por algo sencillo pero profundo: detenernos, mirar, escuchar y reconocer en el otro no a un extraño, sino a un igual. Solo así podremos empezar a cerrar las brechas que nos separan y construir un país donde la dignidad, la memoria y la justicia sean realmente para todos.


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