Mujer provinciana 


Este año el Perú volvió a las urnas, pero no fue una elección cualquiera. Llegamos cargando años de dolor, de decisiones que han debilitado la democracia y de una justicia que se nos sigue negando. Aun así, dimos un paso que no fue fácil: llevar nuestra lucha al terreno político.

Yo no entré a esta campaña por ambición. Entré porque soy parte de las familias que siguen esperando justicia. Porque sé lo que significa vivir con una herida abierta y ver cómo el Estado le da la espalda a tu dolor. Por eso asumí esta candidatura: para que nuestra voz deje de ser ignorada.

He recorrido este camino como candidata llevando no solo una propuesta política, sino una historia marcada por el dolor, la memoria y la exigencia de justicia. Y en ese recorrido, lo que he encontrado no solo ha sido respaldo y esperanza, sino también el rostro crudo de un país que aún discrimina y excluye.


Ser mujer en la política ya es, en sí mismo, un desafío constante. Pero ser mujer, provinciana y alzar la voz por la justicia incomoda aún más. He sentido cómo se nos intenta minimizar, cómo se duda de nuestra capacidad, cómo se pretende relegarnos a un segundo plano. No por falta de propuestas, sino por prejuicios profundamente arraigados.

He sido testigo de cómo a quienes venimos de las regiones se nos mira distinto, se nos exige el doble, se nos niega el mismo espacio. Como si nuestras voces valieran menos. Como si nuestra lucha no fuera legítima.

Y duele, duele profundamente ver que en este país, una vez más, una parte de la población ha decidido apostar por un grupo de partidos políticos que fueron culpables de que hoy los peruanos sigamos viviendo violencia de estado, inseguridad y corrupción enquistada en todas las instituciones del gobierno, antes que por la justicia que seguimos esperando miles de familias que hemos sido golpeadas por la violencia y el abandono del Estado. Han elegido pasar la página sin haberla leído completa, sin haber cerrado las heridas.

Pero la justicia no es un discurso vacío. Para nosotros, es una deuda viva. Es el nombre de nuestros seres queridos, es la verdad que aún se niega, es la dignidad que no vamos a dejar que nos arrebaten.

Esta experiencia no me derrota, me confirma la profundidad del problema. Nos enfrentamos no solo a un sistema político desigual, sino a una sociedad que todavía arrastra prácticas de discriminación, de machismo y de indiferencia frente al dolor ajeno.

Aun así, no vamos a retroceder. Porque nuestra lucha no depende de una elección. Nuestra lucha nace de la memoria, del amor por quienes ya no están y del compromiso de que en este país la justicia deje de ser una promesa incumplida




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