EL MIEDO TAMBIÉN ES
PARTE DE LA VIDA
Hablar del
miedo no es fácil. Durante estos tres años de lucha por justicia, el miedo ha
sido un compañero silencioso en mis días y en mis noches. Ha estado presente en
cada marcha, en cada caminar por lugares que he acompañado a los familiares, en
cada reunión con las madres, padres y hermanos que, como yo, cargan un dolor
que no se borra. El miedo también ha caminado conmigo en la soledad, cuando el
llanto se convierte en la única forma de desahogo y la pregunta duele más que
cualquier respuesta: ¿por qué vivimos en un país donde la justicia parece tener
precio?
He
aprendido que el miedo no nos hace débiles. Nos recuerda que somos humanas y
humanos. Que sentimos. Que amamos. Que hemos perdido. Y que, aun así, seguimos
de pie.
Estos tres
años no han sido solo de denuncia y resistencia; han sido de aprendizaje
profundo sobre la desigualdad que atraviesa el Perú. He visto cómo la justicia
se vuelve lenta cuando se trata de los humildes, y veloz cuando protege a los
poderosos. He sentido en carne propia cómo el poder intenta callar, desgastar,
dividir. Y, sin embargo, también he visto la fuerza inmensa de un pueblo que no
se rinde.
Esta lucha
no es solo por quienes ya no están. Es también por los que quedaron muertos en
vida: los sobrevivientes de esta masacre que cargan heridas en el cuerpo y en
el alma. Es por aquellos que despiertan cada día con el recuerdo imborrable de
la violencia, intentando reconstruir su existencia entre el trauma y la
indiferencia del Estado.
Es por los
huérfanos que preguntan con inocencia desgarradora por qué un gobierno les
arrebató la vida de sus padres y madres. ¿Cómo se le explica a un niño o a una
niña que la injusticia puede tener uniforme y poder? ¿Cómo se les dice que su
dolor aún espera justicia?
Es por las
viudas que hoy hacen el trabajo de ser padre y madre al mismo tiempo. Mujeres
que transformaron su duelo en fortaleza, que sostienen hogares con manos
cansadas, pero con el corazón firme. Mujeres que no eligieron esta carga, pero
que la asumen con dignidad por amor a sus hijos.
Como
familiares de las siete regiones masacradas, hemos tomado una decisión que nace
del dolor más profundo: dar un paso hacia la participación política a través de
mi persona, como voz de quienes seguimos esperando justicia. No fue una
decisión sencilla. Fue una decisión atravesada por el miedo, por el cansancio y
por la memoria viva de quienes ya no están, porque también hemos entendido que
tenemos que seguir luchando, pero no solo desde las calles si no también desde
donde se toman las decisiones y se aprueban leyes en contra del pueblo y a
favor de ellos, los que hoy dicen llamarse dignos representantes de nuestro
país.
Durante
tres años hemos caminado por las calles levantando fotografías en lugar de
abrazos. Viajando una y otra vez a Lima, dejando nuestros hogares, durmiendo en
las calles, soportando el frío, el hambre y el hostigamiento policial. Nos han
querido cansar. Nos han querido callar. Han apostado por el olvido. Pero aquí
seguimos apostando por un Peru con una justicia e igualdad de derechos.
Nuestra
lucha no nació de una ideología ni de una ambición. Nació el día en que nos
arrebataron a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos. Nació
cuando tuvimos que reconocer sus cuerpos y enterrarlos de una manera tan
injusta y dolorosa que ninguna familia debería vivir algo así en un país que se
dice democrático. Nos hablan de democracia cada mañana, pero ¿qué democracia es
esa donde la justicia parece tener dueño? ¿Qué democracia es esa donde el poder
protege al poder mientras el pueblo llora a sus muertos?
Nos
arrebataron la tranquilidad, pero no nos quitaron la dignidad. Nos dejaron el
duelo, pero también nos dejaron la responsabilidad de no rendirnos.
Hoy
doy este paso hacia el terreno político con el corazón temblando. No entro
desde la comodidad ni desde el deseo personal. Entro con miedo, sí. Con el
mismo miedo que sentí al escuchar los disparos. Con el mismo miedo que sentí al
recibir la noticia que cambió mi vida para siempre. Entro con el llanto que
muchas noches me acompañó en silencio. Pero también entro con una convicción
más grande que el miedo.
Entro
porque el dolor se convirtió en fuerza. Porque el amor por quienes ya no están
se transformó en compromiso. Porque no podemos permitir que la impunidad se
convierta en costumbre
Porque si
el miedo es parte de la vida, la valentía también lo es. Y la valentía no
significa no tener miedo, sino decidir avanzar a pesar de él.
Entro a la
política llevando conmigo la memoria de quienes ya no están, la voz de los
sobrevivientes, el llanto de los huérfanos y la fuerza silenciosa de las
viudas. Entro convencida de que la justicia no puede seguir siendo privilegio
de quienes tienen poder o dinero, sino un derecho real para cada peruano y
peruana.
No niego
mis temores. Los nombro. Los abrazo. Pero no permito que me paralicen. Porque
después de tanto dolor, entendí que el silencio también es una forma de
injusticia. Y yo elegí hablar. Elegí luchar. Elegí transformar el miedo en
fuerza. El miedo también es parte de la vida. Pero la lucha por la justicia es
parte de mi destino.
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