UN MUNDO SIN FRONTERAS

Las fronteras se han convertido en espacios de castigo. Hay países donde ingresar significa humillarse, sufrir, ser tratado como sospechoso antes que como ser humano. Nadie debería sufrir para cruzar una línea imaginaria. Nadie debería ser despojado de su dignidad por buscar un lugar donde vivir. Desde pequeña miraba de lejos la migración. Vengo de una región donde, desde siempre, hemos sufrido el abandono de los gobiernos de turno. Nunca se nos atendió en lo más básico que el Estado debería garantizar. No somos malos por naturaleza. Nos han acostumbrado a sobrevivir en la escasez, a competir por lo poco que hay, a mirar al otro como una amenaza y no como un hermano. Nos han convertido en seres preocupados solo por nuestros asuntos personales y no por el compañero que llega de otro país en busca de una vida mejor. El año pasado tuve la oportunidad de viajar a Costa Rica gracias a mi voluntariado. Allí nos hablaron sobre la migración y las movilidades humanas. Escuché las historias de compañeros de otros países que tuvieron que enfrentar innumerables adversidades en su camino; muchos de ellos murieron en el trayecto o llegaron a su destino sin un ser querido. Fue algo nuevo para mí, porque nunca me había detenido a pensar profundamente en un tema tan importante. También comprendí que nosotros, como peruanos, vivimos la migración interna y la discriminación, especialmente cuando llegamos a la capital. Este año volví a viajar a Costa Rica con el grupo de voluntarios y ocurrió algo que me preocupó profundamente y me hizo volver a cuestionarme qué estamos haciendo como personas y cómo están actuando nuestras autoridades. Un compañero no pudo ingresar a Costa Rica, porque le faltaban los antecedentes policiales de su país. A nosotros, los peruanos, no nos pidieron ese documento. Para mí fue una gran injusticia: era un compañero voluntario, no un sospechoso. Fue juzgado solo por venir de un país donde su gobierno le falló. Desde mi dolor y desde mi conciencia digo que la migración no es el problema. El problema es un Estado que no se hace cargo, que abandona tanto a su propio pueblo como a quienes llegan buscando refugio u oportunidades. El problema es la falta de humanidad en las políticas migratorias y la ausencia de solidaridad entre pueblos que comparten las mismas heridas. Hablar de migración es hablar de responsabilidad, de memoria y de justicia. Porque hoy llegan otros al Perú, pero mañana podemos ser nosotros otra vez. Y ningún país debería olvidar lo que se siente migrar con miedo.

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