LA INDIFERENCIA TAMBIEN MATA

 

LIMA LA INDOLENTE

Pasaron varios meses de la masacre que cambio la vida de muchos peruanos y peruanas. Se acercaba el mes patriótico, el 28 de julio, donde se conmemora la independencia. Las familias de Juliaca (al sur del país) nos preparamos para ir a la capital del Perú a exigir justicia y que nuestras carpetas fiscales retornen a nuestra región. Ese 28 de julio quedó grabado en mi memoria, era la primera vez que llegaba a la capital después de toda la masacre vivida en las regiones del sur del país.

La llegada a Lima estuvo llena de emociones y expectativa. Muchas personas seguían movilizándose en rechazo a la señora Boluarte que se proclamaba presidenta del Perú. Ahí fue nuestro primer contacto con muchas personas y colectivos, entre ellos el Colectivo de Evangelios, personas de buen corazón que nos siguen apoyando a hacer memoria aquí en la capital. Ellos nos apoyaron a tener un lugar donde dormir y poder tener comida los días que estuvimos en Lima. Hubo gente de buen corazón, pero también, gente que nos agredía verbalmente cuando realizamos distintas acciones públicas en las calles del centro histórico.  Lamentablemente, afloró el racismo y estuvo muy marcado en estos últimos años, más aún, desde que gano las elecciones el señor Castillo, docente rural de la región norte del país.

En las distintas marchas que la Asociación de familiares realizamos en Lima, presencie la agresividad de los policías, ese odio a los peruanos del sur, solo por ser provincianos o “rojos” como hasta ahora nos llaman. La policía arrojaba bombas lacrimógenas sin remordimiento a lastimar a las personas que se levantaba en protesta. Incluso a nosotros, los familiares que ya estamos muertos en vida. No nos respetaron, su única misión era generar terror a la gente que protestaba, sin importar la presencia de mujeres, niños o ancianos. Personalmente no podía entender como entre peruanos estábamos enfrentados a causa de los gobernantes que estaban asesinando al pueblo y violando los derechos humanos de todos los peruanos por intereses personales y de los sectores que dominan el país.

Fueron momentos en que uno se pone a reflexionar en lo que está pasando en su país. Quizá siempre fue así y nunca nos dimos cuenta. Esta visita a Lima en búsqueda de justicia, reafirmó mis ganas de seguir en las calles haciendo mi voluntariado en la defensa de los derechos humanos, porque estamos para servir al pueblo y no servirnos de él,

Así transcurrió mis primeras experiencias en Lima, esa ciudad indiferente donde encuentras mucha gente que no le importa si te matan o asaltan, gente con un alto grado de individualismo y se olvidan que la indiferencia puede ser más cruel que un gobierno corrupto y genocida que hoy nos gobierna.

Fue el inicio de muchas batallas por luchar y grandes desafíos por aprender siendo voluntaria en YAV- Perú. Mi activismo por los derechos humanos es una forma como rindo un homenaje apropiado a mi hermano marquito, que estoy segura, hoy me guía desde el cielo para ser un mejor ser humano como lo fue él.

 

 

 

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