LIMA POTENCIAL
MUNDIAL?
Hablar de Lima desde los cerros
es hablar desde el polvo que se pega a la piel y no se va. Es hablar desde una
casa levantada con esfuerzo, con esteras primero, con ladrillos después, pero
siempre con la misma espera: la del agua que no llega todos los días, la de la
luz que se corta, la del desagüe que nunca fue prioridad. Esta es la Lima que
no sale en los folletos ni en los discursos oficiales. La Lima que madruga para
sobrevivir.
Hablo de la Lima olvidada por las
autoridades, esa que solo recuerdan en campaña y reprimen cuando levanta la
voz.
Este escrito nace de lo que vi y
viví en Collique uno de los distritos de Lima que queda al norte de la capital.
Ahí pude ver de cerca la ausencia total del Estado, niños creciendo sin
protección, sin espacios seguros, aprendiendo demasiado pronto a arreglárselas
solos, niños que crecen solos o con la ausencia de uno de los padres. Padres y
madres que salen a trabajar todo el día, no porque quieran dejar a sus hijos,
sino porque la pobreza no da tregua.
Pero también existe el otro lado
de lima, distante y blindada. Una Lima de muros altos, de jardines verdes
regados a diario, de calles limpias y silenciosas. Es la Lima pituca, donde el
apellido pesa más que la persona y donde el color de la piel y el dinero abren
puertas que para otros permanecen cerradas. Allí, los derechos no se reclaman:
se dan por sentados.
En esa Lima, el poder se hereda y
la impunidad se normaliza. Se habla de democracia desde cómodos escritorios,
sin conocer el hambre ni el miedo. Se legisla y se gobierna de espaldas a los pueblos,
como si no existiéramos. Para ellos, nuestra pobreza es paisaje; nuestra
muerte, estadística.
Una realidad tan distinta a la
otra donde hay madres cargando baldes, niños creciendo entre esteras o casas
prefabricadas, jóvenes con sueños que el abandono intenta apagar.
A esta Lima la miran con
desprecio la señalan por venir de provincia, por tener acento, por vivir en los
cerros sus documentos parecen marcar que valen menos, que sus derechos pueden
postergarse, que sus vidas son descartables.
No soy ajena a esta realidad los
provincianos que venimos a reclamar por nuestros derechos también somos
reprimidos, criminalizados, también seguimos siendo ignorados.
Cuando reclamamos, nos llaman violentos.
Cuando marchamos, nos reprimen. Cuando lloramos a nuestros
muertos, nos criminalizan. Ese es el único rostro del Estado que conocemos.
Pero hablo porque ya no aceptamos el silencio. Porque esta Lima también es Lima.
Porque somos quienes sostienen la ciudad con nuestro trabajo, con nuestro
esfuerzo, con nuestra resistencia diaria.
Denuncio el abandono de las autoridades que gobiernan desde
la comodidad y legislan desde la indiferencia.
Denuncio un país que ha normalizado que unos lo tengan todo,
mientras otros solo tienen que sobrevivir como pueden.
Yo, Milagros Samillan, no escribo desde el rencor, escribo
desde la verdad. Y la verdad es que mientras existan estas dos Limas, no habrá
justicia ni país posible. No puede llamarse progreso a un modelo que excluye,
discrimina y mata lentamente a los de abajo.
Esta Lima no es superior: es privilegiada. Y esos
privilegios se sostienen sobre el olvido y el dolor de millones. Por eso alzo
la voz. Porque Lima no puede seguir dividida entre quienes lo tienen todo y
quienes apenas sobreviven. Porque el Perú que soñamos solo nacerá cuando la
Lima olvidada deje de ser invisible.
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